lunes, 27 de julio de 2015

el ventano





el ventano


Posted: 27 Jul 2015 01:34 AM PDT
































Posted: 26 Jul 2015 11:35 PM PDT

Ocurre que las movilizaciones en la calle se transforman cuando sus líderes franquean las puertas de los despachos institucionales: los lenguajes de revolución cambian a la misma velocidad que los revolucionarios alcanzan el poder. Desde ese momento, ya no se trata de crear contrapoderes, sino de administrar poder, y dinero, público (Santos Juliá)


Ilustración: Pawel Kuczynski 



La incapacidad de las izquierdas realmente existentes de dar una respuesta propia, identificable como de izquierda, a la crisis económica que se precipitó sobre España en 2008, sumada a la crisis de representación que sacude a las democracias en toda Europa y fuera de ella, acabaron por desplazar, desde mayo de 2011, del Parlamento y de los partidos a la calle el escenario primordial de la política. Nada original, por lo demás: todas las revueltas y revoluciones que han subvertido el orden impuesto en los Estados de nuestro tiempo han germinado en las calles, lugar de la barricada desde la que se defendían las posiciones conquistadas en la ciudad y se emprendía la marcha hacia la conquista de los palacios emblemas del poder.

Pero, en relación con el echarse a la calle tradicional, la salida a la calle en la España de 2011, y después, ofreció una notoria originalidad: quienes salieron a ella no era para dirigirse a los centros de poder con el propósito de tomarlos, sino que se quedaban allí, a la intemperie, convirtiendo la calle, espacio de tránsito, en plaza, lugar de encuentro: habían salido a la calle para permanecer en ella. Y así, el pueblo, que solo existía en el momento de la elecciones como sujeto instantáneo y evanescente de la política, según escribió Pierre Rosanvallon, se volvió de pronto visible en las plazas, anunciando con su presencia en el espacio público una promesa de emancipación frente a un sistema político herido de corrupción y un sistema económico causante de la devastación de los bienes públicos y de exclusión y miseria en las capas medias de la sociedad. Fue la versión española de la colour revolution que se extendió en esos años por todo el mundo como anuncio de primavera.

Convertir aquel pueblo en la calle —mayormente: jóvenes profesionales de clase media en paro o con empleos precarios, empleados públicos despedidos o "recortados", trabajadores víctimas de ERE— en un nuevo sujeto capaz de alcanzar el poder para, una vez con el poder firmemente en mano, poner en marcha un proceso constituyente que subvirtiera el orden bloqueado del régimen del 78, fue el propósito de un grupo de universitarios procedentes de la vieja izquierda y con experiencias en movimientos populares de América Latina. Comprobaron enseguida que para llevar a su destino, la conquista del poder, todo el potencial acumulado por el movimiento 15-M, las mareas, las batas blancas, las camisas amarillas, las plataformas, no bastaba el clásico relato dicotómico —abajo/arriba; gente/casta— del que exprimieron hasta la última gota, sino que era necesario articular un nueva fuerza política capaz de triunfar en elecciones.

Y así fue, en un primer momento: aborreciendo la voz partido, y despreciando todo lo que se cubría bajo el nombre de izquierda, rechazaron la posibilidad de etiquetar como de izquierdas su invento. Maestros en lo que Paul Piccone llamó populismo posmoderno, lo bautizaron con un desnudo acto de habla situado entre lo constatitivo y lo performativo: Podemos, Sí que podemos, Claro que podemos. Enseguida surgieron los Ahora, los Ganemos, las mareas, los En común. Nada de izquierda, nada de partidos. No se reconocen como partidos y sienten una profunda repugnancia, que no se cansan de manifestar con insultante jactancia, ante la posibilidad de ser identificados como una nueva izquierda.

Ocurre, sin embargo, que las movilizaciones en la calle se transforman cuando sus líderes franquean las puertas de los despachos institucionales: los lenguajes de revolución cambian a la misma velocidad que los revolucionarios alcanzan el poder. Desde ese momento, ya no se trata de crear aquí y allá contrapoderes ni de alimentar iniciativas contra/régimen, sino de administrar poder —que es dinero— público. Los más críticos de estas derivas de la movilización desde la calle al gobierno desde el despacho comienzan a cantar la palinodia, como aquí mismo la cantó hace unos días Pablo Echenique; las cúpulas llaman a la moderación y donde antes prometían romper el candado del régimen del 78, ahora recuerdan la "Transición exitosa" y dicen y escriben, como Iglesias y Errejón, que, en fin, también ese régimen tiene sus cosas buenas. Y es que, situados retóricamente más allá de la izquierda y la derecha, el primer desembarco en las instituciones les ha permitido comprobar que la Constitución de 1978 y el sistema electoral consolidado desde los años ochenta permite alcanzar el poder en Ayuntamientos y comunidades autónomas, y siempre que logren entenderse, a partidos que no han llegado en cabeza y ni siquiera con el 20% de los votos.

Tal es la gran paradoja a la que se enfrentan las nuevas izquierdas que no quieren reconocerse como tales en su relación con las viejas izquierdas a las que desprecian soberanamente: que, al final, el vilipendiado régimen del 78 y su tan denostado sistema electoral les obligue a encontrarse en algún momento del camino. Porque es solo una parte de la verdad que ese sistema electoral esté aquejado de un sesgo mayoritario, culpable del bipartidismo. Lo está, sin duda, cuando los escaños a repartir son pocos, pero lo está, sobre todo —y esto tiende a olvidarse—, cuando la distancia de votos entre el primer llegado y el tercero es sideral, como ocurría con el PCE y con IU en relación con el PSOE. Si no es así, si la distancia entre el primero y el tercero no pasa de 30/16, el beneficiario será el partido minoritario que, con poco más de la mitad de los votos obtenidos por el mayoritario, alcanzaría, también en los distritos de solo tres diputados, idéntico botín: un escaño. El método D'Hont de distribución de escaños no favorece necesariamente y por siempre a los que llegan en cabeza; todo depende de cuántos compiten y de cuán largo sea el trecho que separa a unos de otros.

De modo que ha sonado la hora de atrapar votos, o sea, de convertir un movimiento contrapoder en un partido listo para el ejercicio del poder. En democracia, las dos cosas a la vez no puede ser y, además, es imposible. Por eso, en esta competición por el voto, las nuevas izquierdas han hecho exactamente lo mismo que las izquierdas tradicionales —socialistas y comunistas— en los años setenta: girar al centro, que en su lenguaje posmoderno se expresa como ocupación de la centralidad del tablero. Desde esa posición, ya consolidada en el lenguaje recién estrenado (curiosamente: en EL PAÍS y en domingo), aún nos queda mucho que oír y no poco que ver en la partida de ajedrez entre nuevas y viejas izquierdas, pero todo apunta a que el sistema electoral del régimen del 78, obligando a alguna forma de confluencia, acabará por convertirse en el mejor aliado para que las izquierdas alcancen un porcentaje de votos que les permita administrar amplias parcelas de poder. ¿Qué izquierdas, con qué lenguaje y bajo qué marbete? Bueno, esto es parte de las sorpresas que nunca deja de darnos la vida.


Santos Juliá, historiador, en El País


Posted: 26 Jul 2015 09:00 PM PDT




"No hay motivos sensatos para que necesitemos traumatizar a la gente dando el pecho en público". Esta es una de las irónicas conclusiones a las que llega Kristina Kuzmic, una videobloguera de origen croata, de 36 años y con tres hijos. Hace un mes colgó un vídeo en el que daba cuatro razonadas e incuestionables razones para intentar convencer a las madres de que no amamantaran a sus hijos fuera de casa.

El hecho es que, aunque no hay una ley que lo prohíba, a veces lo parece. De ahí que Kuzmic plantee excusas tan delirantes como que "usar un pañuelo u otra prenda para taparnos no garantiza que el bebé no la vaya a quitar". Y añade que las mujeres que amamantan en público no lo hacen porque sus bebés tengan hambre, sino "para seducir a vuestros maridos con sus pechos llenos de leche".

Cada uno de sus argumentos no solo está teñido de sarcasmo, sino que lo ilustra con escenas propias de una comedia de televisión: una mujer con escotazo escandalizada al ver a otra amamantado, o Kuzmic intentando comer con una manta en la cabeza para demostrar que los bebés no están incómodos cuando se les cubre, o dando el pecho en un apestoso baño público...







Posted: 26 Jul 2015 02:22 PM PDT




Una asociación protectora de los animales ha hecho un llamamiento desesperado para salvar a 66 chimpancés que fueron extraidos de su hábitat natural para experimentar con ellos y que ahora, tras ser liberados, no saben alimentarse por sí solos, según el periódico Daily Mail.

Los chimpancés viven en seis islotes en el sur de Liberia después de que durante años se probaran en ellos fármacos contra enfermedades mortales como la hepatitis. El Centro de Sangre de Nueva York (NYBC), una asociación sin ánimo de lucro, creó el "laboratorio" en el país africano en 1974, y en 2005 las investigaciones se cerraron. La dirección del programa se comprometió a asistir a estos animales durante el resto de su vida, pero en marzo pasado decidió suprimir las ayudas.

Las imágenes muestran el vínculo entre humanos y animales, los chimpancés se abrazan a los voluntarios que los asisten y que son su única tabla de salvación. Cada día esperan la llegada del barco con la comida para poder alimentarse.

Ahora están siendo atendidos por la ONG Humane Society de EE UU (HSUS), pero necesitan 30.000 dólares al mes para poder seguir cuidando de ellos y darles de comer cada día. Los chimpancés viven en unos islotes en los que hay poca comida natural y en las que no hay agua potable.






Posted: 26 Jul 2015 11:51 AM PDT

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"Ahora en común no debería existir". Puede parecer una afirmación brutal, pero es necesario reconocer lo que hay en ella de verdad. Si Podemos hubiera sido suficiente como "herramienta para la ciudadanía y el cambio", como tantas y tantas veces se ha repetido —quizás demasiadas— no haría falta que ninguna otra plataforma o iniciativa volviese a recoger las consignas del 15M para convertirlas en herramienta electoral.

En una semana que ha transcurrido demasiado rápido para ser finales de julio, dos noticias resultan significativas de cara a las "elecciones del cambio". La primera y fundamental: Podemos ha cerrado sus primarias con unos resultados modestos. No alcanzó los 60.000 votos (el 15 % del censo) frente a los cien mil largos de Vistalegre o a los más de 80.000 que participaron en la elección de los consejos autonómicos y municipales. No es una cifra pequeña, sigue mostrando una capacidad de adhesión notable, pero confirma la creciente distancia entre las propuestas de la dirección y la masa de inscritos. Valga decir, el mecanismo de validación pleibiscitaria como escenificación de la democracia interna tiene cada vez más vías de agua.

No es casual, la dirección de Podemos se ha enfrentado durante las últimas semanas a una marea de críticas internas al sistema de primarias y a una lista que apenas han logrado esconder su propósito, conservar el aparato por parte de la dirección. El resultado: una lista monocolor en la que sólo se han conseguido introducir los nombres de David Bravo y Perico Arrojo como representantes de la sociedad civil "no podemita", seguramente tras una larga lista de recusaciones. Lógicamente el entusiasmo interno y en los alrededores de Podemos ha sido escaso y la abstención alta.

La segunda noticia, menos significativa sin duda, viene de fuera de Podemos. Ha sido la primera rueda de prensa de Ahora en Común y el primer acto público de la iniciativa en Madrid. Ambos eran importantes para remarcar el carácter "ciudadano" de la propuesta, su vocación no partidista, su seña de identidad quincemayista y su inspiración en las candidaturas municipalistas. La idea inicial de Ahora en Común era tan parca como sencilla: probar que todavía existe un amplio reservorio de expectativas electorales de cambio político al que Podemos no ha logrado llegar o que directamente ha expulsado. El objetivo no es otro que la movilización de estas energías al lado de Podemos —no contra Podemos—. Una viñeta de Eneko que rezaba "Podemos solo no puede, sin Podemos no podemos" ha sido el mantra de esta plataforma desde sus primeros días. La prueba de que este espacio social existe es que en sus primeras 18 horas, Ahora en Común consiguió casi 20.000 firmas, algo que no deja de sorprender tras más de un año de agotamiento electoral, y porque no decirlo de desencanto y constante rebaja de las expectativas.

El reto de esta plataforma reside, no obstante, en despegar esa energía de todo aquello que puede llegar a destruirla. En este sentido, Ahora en Común no ha logrado —seguramente no podía— sustraerse a su contexto. Su primera aparición se produjo en condiciones poco propicias. Se dio a conocer por primera vez, en el escenario del Patio de Columnas de Bellas Artes,  en un acto por la confluencia animado por varios concejales de candidaturas municipalistas, pero también al lado de Beatriz Talegón (ex-PSOE), Juantxo López Uralde (Equo) y Alberto Garzón (IU). Ciertamente, hay algo de verdad cuando se dice que la confluencia puede ser sólo un medio para que viejos y nuevos aparatos políticos encuentren su hueco en el Congreso de los Diputados. De hecho, tras aquel acto, las firmas de Ahora en Común, que habían comenzado apenas un día antes, se frenaron en seco. Otro riesgo indudable es que existe un interés del oligopolio mediático en convertir Ahora en Común en una candidatura que pueda apuntalar la caída de Podemos.

Para mal en este caso, el ecosistema político en el que nace Ahora en Común no es el de la inmediata resaca del movimiento que levantó el 15M, sino el del reflujo del mismo —esperemos que temporal—, justo al final de un ciclo electoral que ha causado una inmensa cantidad de cadáveres políticos. En estos últimos cuatro años, no sólo se ha producido una increíble incorporación ciudadana a la vida política, sino también un ingreso masivo de activistas y militantes en la unidad de quemados. Valga como ejemplo el resentimiento, legítimo pero impotente, de aquellos que habiendo participado en Podemos fueron apartados de un proceso que consideraron propio y al que le entregaron una buena cantidad de energías; de las distintas familias de Izquierda Unida que fueron definitivamente desplazadas por la ola que siguió al 15M y que han basculado entre la confusión positiva y el resquemor por la emergencia de Podemos; así como también de multitud de colectivos y pequeños partidos que han pasado de largo sobre estos años de agitación y cambio intenso. Buena parte de este espacio político ven en la "confluencia" el último tren para incorporarse al ciclo político.

Por eso el enorme equívoco que connota el término "confluencia" y que al menos se puede llenar de tres cosas: la unidad de la izquierda dirigida a recuperar tanto el significante como los partidos de la misma; la candidatura ciudadana y democrática que pretendía promover el manifiesto de Ahora en Común; y, por último, Podemos y los pactos con sus aliados regionales-nacionales (Compromís, ICV, Anova, etc.). A todo esto, se añade que la "confluencia" es realmente un significante tan vacío como aquel del "cambio". La prioridad del electoralismo, siempre corto de miras, ha venido de la mano de la renuncia a discutir explícitamente el proyecto político, a abrir un debate amplio sobre lo que significa realmente el "cambio". En este terreno, también, se ha dado un paso atrás respecto del 15M en donde se apuntaló la idea o el marco de un "proceso constituyente" como horizonte del ciclo. La "confluencia por la confluencia", efectivamente, no clarifica los campos (ni el viejo "izquierda/derecha", ni el nuevo "abajo/arriba") y deja al nuevo sujeto político en un lugar tan vago como impotente.

En definitiva, el marco de la coyuntura es fácil de trazar. La dirección de Podemos y la propia marca muestran claros síntomas de agotamiento debido tanto a la contraofensiva mediática, como a errores estratégicos graves en el diagnóstico ("situación populista", hiperliderzgo, etc.) y en el modelo organizativo (cesarismo, burocratización, deprecio a la dimensión de movimiento). Cualquier iniciativa "ciudadana", como la que ha tratado de poner en marcha Ahora en Común, se encuentra igualmente ante un ecosistema degradado por un ciclo político en vías de agotamiento, el aburrimiento y el desencanto de la parte más activa del movimiento y la posibilidad de desembarco de los partidos de izquierda. Por último, estos partidos, con Garzón a la cabeza, se han demostrado, en su mayoría y hasta la fecha, incapaces de desprenderse de las lógicas de aparato y cuota que determinan su autorreproducción. Como bien ha mostrado Podemos, no cabe esperar de ellos una iniciativa que no han sabido llevar a cabo en los cuatro años previos.

En esa coyuntura lo que domina, por tanto, no es la energía y la potencia de un proceso emergente, sino el final de una fase entrópica que ha absorbido una parte importante de la potencia creada en el ciclo movilización y politización que abrió el 15M. Sin esa energía no hay fuerza capaz de empujar a Podemos más allá de sí mismo. Pero sin Podemos, la alternativa no será más que una coalición de izquierdas.

Valga decir que en el marco de esta "correlación de debilidades", debido a su posición de principal contraparte y no porque se repita un discurso presidencialista y de victoria que ya no funciona, la iniciativa le corresponde a Podemos. Si este decide enrocarse y no arriesgarse en un proceso amplio capaz de recoger la energía social externa que todavía circula, sus resultados difícilmente rebasarán la barrera del 15 %. Sobra decir que para una iniciativa que nació con la vocación de ganar, estos resultados serán su tumba.

Para evitar este final, la dirección de Podemos tendrá que hacer dos cosas que están fuera de sus cálculos y su diagnóstico. La primera es abrir un proceso que incluya un marco de primarias capaz de incorporar a una parte de los mejores activos de la izquierda y también de los movimientos sociales, y esto a sabiendas de que no los va a poder alinear con sus propuestas. En cualquier caso, la movilización de lo que "aún queda" y la creación y circulación de nuevos liderazgos es el único medio para recuperar legitimidad.

La otra mucho más importante, en tanto es intangible, supone el abandono de su pretensión de "centralidad", o en otras palabras, la renuncia a su modelo de "autonomía de lo político". Podemos sólo será útil como "instrumento de la ciudadanía" en la medida en que se reconozca y adapte su diagnóstico como parte de un proceso mucho más amplio y del que sencillamente depende. El motor es de nuevo la capacidad del movimiento (15M y sus post) para crear iniciativa.  La tendencia de los aparatos políticos (al menos la de aquellos que quieren promover el cambio) suele ser la de girar sobre sí mismos hasta provocar su autoabolición. Sin movimiento no hay política posible.

Septiembre debería traer agua fresca en un verano que ha batido récord de temperatura, pero también una propuesta, que hecha carne en el núcleo íntimo de Podemos, empuje la situación hacia otro lugar


Emmanuel Rodríguez, en Público


Posted: 26 Jul 2015 10:11 AM PDT

En España, a las 18:30 horas del domingo 26 de julio de 2015. Lectores de los principales periódicos han elegido para leer las noticias que les han parecido más interesantes, con sensibles diferencias en el ranking según el grado de toxicidad del medio elegido. Una forma como otra cualquiera para intuir gustos y necesidades...





El País


El Mundo



ABC




La Razón




La Vanguardia






El Periódico





El Correo


Heraldo de Aragón



Posted: 26 Jul 2015 05:33 AM PDT

Por la insignificante suma de 50.000 euros se le ha permitido la hazaña de asaetear a un león que vivía en la reserva y estaba presuntamente protegido por la ley, y rematar a balazos al herido después de perseguirle dos días (Carlos Boyero)




Es una de las imágenes más sugestivas que tengo del cine de mi niñez: en un impresionante amanecer de Tanganika, la preciosa música de Mancini arropa a los camiones de cazadores profesionales que se dirigen a cazar (no a matar) animales salvajes con destino a los zoológicos. Se titula Hatari! El jefe de esa cuadrilla enfrentada cotidianamente al peligro es, cómo no, John Wayne.

Pocas veces se han fundido tan armoniosamente la aventura y la comedia como en esta obra maestra de Hawks. Imagino que a los bichos no les hacía gracia que los secuestraran de su entorno natural, pero nadie pretende derramar su sangre. Solo es negocio.

John Huston contaba en la muy trágica Vidas rebeldes la caza en el desierto de Nevada de los últimos caballos salvajes. Pero a estos los destinaban al matadero. Sin embargo, ese amor de Huston a los potros libres (aunque el guion lo firmaba Arthur Miller) se contradecía con lo que nos contó Eastwood en Cazador blanco, corazón negro.

Al parecer, lo que más obsesionaba a Huston cuando rodó la deliciosa La reina de África no era la película, sino que esta solo le servía como pretexto para poder matar un elefante. Debe de enganchar mucho lo de cargarse animales por placer. No conocemos la opinión al respecto de un monarca sobre lo de asesinar paquidermos mientras que su país andaba en la ruina.

Me entero de que ha sido otro paisano nuestro al que por la insignificante suma de 50.000 euros se le ha permitido la hazaña de asaetear a un león que vivía en la reserva y estaba presuntamente protegido por la ley, y rematar a balazos al herido después de perseguirle dos días. Por el placer de arrancarle la cabeza e imagino que exhibirla con orgullo en su mansión cuando llegan las visitas.

Cómo me gustaría asistir a la lucha cuerpo a cuerpo entre ese tipo tan valiente (vale, le damos un cuchillo, como a Tarzán) y el viejo león. Y después, brindaría por el ganador.


Carlos Boyero, en El País


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