lunes, 10 de agosto de 2015

el ventano


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el ventano


Posted: 09 Aug 2015 10:00 PM PDT


Alberto Garzón (IU) y Pablo Iglesias (Podmeos)


Hay gente que se divorcia antes de casarse, incluso antes de haberse conocido. No se trata de un fenómeno corriente, pero tampoco fuera de lo común. Un amigo mío, por ejemplo, se acaba de separar de Naomi Watts sin haber estado nunca con ella. Se separa precisamente por eso, por el dolor que le produce el conocimiento de la distancia existente entre ambos.

–¿No será un cese temporal de la convivencia? –le pregunto con ironía, pues este es el tercer intento.

–No, no, esta vez es para siempre.

Lo ha hablado imaginariamente con ella, que está de acuerdo en que se trata de un matrimonio que no va a ninguna parte.

Alberto Garzón y Pablo Iglesias se reunieron también para romper una convivencia que nunca se había dado. En este caso, y por tratarse de personas conocidas, no les quedó otro remedio que divorciarse ante los medios, con foto incluida. Eligieron para el acto un sofá que les venía grande y que era una metáfora del desamor que había ido prosperando entre ellos a lo largo del matrimonio irreal al que ahora daban fin.

Aunque trataron de escenificar una separación amistosa, civilizada, no pudieron evitar que los dos extremos del sofá nos recordaran los rincones de un ring de boxeo. Pretenden parecer tranquilos, pero los dos púgiles saben que habrá problemas en el momento de repartir los bienes acumulados durante los años de desconocimiento mutuo. Quién se queda con Marx, quién con Lenin, qué hacen con Trotski, etcétera. Desde esta foto han pasado dos meses ya y no se les ha vuelto a ver juntos. Pero no sabríamos decir si son felices.


Juan José Millás, en El País


Posted: 09 Aug 2015 12:00 PM PDT

En la actualidad, los países amigos se espían entre sí, sus dirigentes almuerzan juntos, duermen en habitaciones casi vecinas, y es normal y hermoso. Tal vez lo feo sea espiar a escondidas, o incluso negar que se espía (Juan Tallón)




El espionaje ya no es aquella misión secreta que lanzabas contra un enemigo, y que según la versión oficial nunca ocurría. Ahora ya ni siquiera hay enemigos, y si los hay cultivan negocios importantísimos entre sí y se llevan de maravilla. Aquel odio frío y deshabitado con que una nación husmeaba en las intimidades de otra ha pasado en la actualidad a ser solo una versión del amor.

Curiosamente, con los medios perfectos para ejercer el espionaje, hoy se espía peor que nunca. Antes que tarde, se acaba sabiendo. Ni EE UU se libra. Es como si todo lo que creíamos sólido, se desvaneciese en el aire. Me hace pensar en Raymond Chandler, que creaba detectives y criminales elegantísimos y letales, que andaban de aquí para allá con armas de fuego, y el día que el escritor quiso matarse con una falló el disparo y tuvo que aguantar que sus amigos le reprochasen que, con lo bien que escriba novelas, se suicidase tan mal.

En algunas profesiones, como la de periodista o escritor, el espionaje constituye una práctica más normalizada que en Inteligencia. A veces se le llama plagio. En los años veinte, en la primera visita de Josep Pla a Madrid, el autor ampurdanés ya observó que los diarios de la tarde espiaban a los de la mañana, y los de la tarde siguiente a los de la mañana anterior. Era un círculo, con algún añadido lógico. "Lo que enseña en realidad el periodismo es, quizá, a plagiar decentemente, cosa importantísima", concluía Pla. Espiar es un vicio. Todos lo hacemos, de alguna manera. Quién no pasó largas temporadas espiando los libros de Hemingway, a ver si le salían como a él, sin éxito.

En la actualidad, los países amigos se espían entre sí, sus dirigentes almuerzan juntos, duermen en habitaciones casi vecinas, y es normal y hermoso. Tal vez lo feo sea espiar a escondidas, o incluso negar que se espía. En un mundo perfecto y justo, un espía debería poder atornillar una placa dorada en la puerta de casa que dijese "Aquí se espía". Todos sabríamos que tiene un trabajo de verdad. Le constaría al vecindario, que en el ascensor podría preguntarle por las escuchas, y si quiere que hable más alto; lo sabría el ayuntamiento, que le pasaría un impuesto. Por fin podrías presumir de ser espía, y conocer sin cortapisas éticas las conversaciones que no te incumben. Y lo mejor de todo, podrías llevar una vida secreta en la que serías jardinero.


Juan Tallón (El País)


Posted: 09 Aug 2015 08:29 AM PDT




El estornudo de un cachorro de raza pomerana, a los que se les conoce como Spitz enano alemán, vuela por las redes sociales con nueve millones de visitas en unos pocos días. Roux vive en Estados Unidos y ya le han abierto cuenta en diversas plataformas en busca de sacar rentabilidad a su repentina fama, solo por haber estornudado de una manera particular...





Posted: 09 Aug 2015 01:55 AM PDT




La fuga de El Chapo Guzmán ha desatado ese plumaje del periodismo tan aficionado al espectáculo. Negada su extradición a Estados Unidos, era cuestión de tiempo que el capo encontrara una puerta de salida a la libertad o esas formas del privilegio carcelario que te garantizan manejar los hilos pero desde una oficina del delito salvaguardada por funcionarios del Estado. La admiración general tiende siempre a postrarse ante la audacia. No faltaron los gráficos con detalles de la ingeniería del túnel, como no faltan ahora, sobre todo en México, las especulaciones y leyendas urbanas, que hablan de una liberación soterrada, de un enfrentamiento entre clanes, de suplantaciones de personalidad y de mitos en la tierra de los guerreros enmascarados y el patetismo sentimental, que tan bien retrata el cine de Arturo Ripstein.

Faltaba la adaptación de Ridley Scott, nueva apuesta por la fotogenia del crimen, que fascina a quienes llevamos esta vida mediocre respetando las normas. Nadie se detiene en esas películas en el semáforo en ámbar ni rellena el parquímetro ni se sienta a completar la declaración de la renta ni paga el IBI ni tan siquiera avisa en casa de que no irá a cenar.

Esta fascinación, no se me ocurre otra razón, explica que abunden tantas películas sobre Pablo Escobar, que va camino de ser un Napoleón del siglo XX si la historia del mundo se midiera al peso de las películas dedicadas a su personaje. Todos sabemos que la virtud no renta, pero confiábamos en que la ficción mantuviera algún tiempo más la esperanza de lo contrario.

El problema es que nadie se atreverá a contar la fuga con la grosera impostura en primer plano. Donde ven audacia lo que hay, sobre todo, es soborno. No quedaría bien para el relato de acción ver la pasmosa calma con la que el protagonista va a las duchas, se pasea, se cambia de chanclas y se pierde por el agujero, si antes lo que nos cuentan es cómo se paga una tras otra la mordida exigida, se engrasa el plan con los billetes que tuercen cualquier autoridad y se excava con una subcontrata mejor pagada que la del metro de la ciudad.

Es casi un relato funcionarial, una película gris de burócratas del crimen. Sería insoportable para el espectador que exige espectáculo, hoy también lector de prensa. Pero nadie la contará así, sino con ametralladoras recortadas y subfusiles sin límite de carga, para que sueñen los niños.


David Trueba, en El País



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