sábado, 26 de septiembre de 2015

El Placer de la Lectura






El Placer de la Lectura


Posted:

Estas conversaciones nunca fueron revisadas por Orson Welles y han sido publicadas casi treinta años después de que tuvieran lugar. Ignoramos entonces si el gran director de cine las hubiera permitido publicar tal como se las ha conocido, es decir, sin filtro ninguno. Mejor, si se quiere, para el lector, que tiene la posibilidad de conocer a un Welles despojado de cualquier artificio, desnudo, vulnerable, grandioso y mezquino en forma simultánea, agudo, audaz y poco feliz en no pocas circunstancias. Contradictorio, siempre.
Lo cierto es que Welles había aceptado que su íntimo amigo, el director Henry Jaglom, grabase las largas conversaciones que mantuvieron ambos entre 1983 y 1985 cuando se encontraban, muy seguido, para almorzar en el hoy inexistente Ma Maison, un célebre restaurante de comida francesa ubicado en el corazón de Hollywood al que concurrían muchos notables del cine norteamericano y al que Welles había elegido como su favorito. Fue de cierta manera su lugar en el mundo en los últimos años de vida y Jaglom, admirador incondicional, se volvió un "oído" dispuesto a escuchar y por sobre todo el amigo que trató de animarlo y ayudarlo –en esto último sin éxito- para que retomara su obra creativa, tan condicionada por la compleja personalidad del propio Orson.

Si bien Welles aceptó que se grabaran las charlas con su amigo, la condición que puso fues que Jaglom nunca mostrara el grabador. De esa manera, las grabaciones resultaron defectuosas y, al término, quedaron arrumbadas en algún sitio. Jaglom quería recuperarlas y darlas a conocer, pero nunca contaba con tiempo suficiente. Peter Biskind, periodista, escritor de libros sobre cine, director de American Film, lo alentó a hacerlo y luego de mucho insistir Jaglom se decidió y realizó las transcripciones tan solicitadas. "Leí las transcripciones tratando de elucidar si contenían material digno de un libro –cuenta Biskind- y decidí que sí, que había material suficiente". El compilador agrega en el prólogo: "Las cintas de Jaglom, que reflejan fielmente los tres últimos años de vida de Orson Welles, tal vez sean el último tesoro escondido del genial director sobre sí mismo. Permiten pegar el oído a la cerradura y escucharlos a escondidas a él y a Jaglom, y es casi como estar sentado a su mesa y, por cierto, menuda mesa".
Menuda mesa… Welles no trepida en criticar (cuando no a destripar) a casi todos sus contemporáneos. Despreciaba a la mayoría de las personas a las que se refería en sus comentarios. Y así, aunque reconocía genialidad en Chaplin, le concedía poco crédito creativo, dado que sostenía que contaba con seis guionistas para sus gags. Privilegiaba a Keaton y, en relación a Charlot, le sostuvo a Jaglom que "le robó" no sólo la idea sino hasta el mismo guión de lo que terminó siendo "Monsieur Verdoux" (largometraje de Chaplin de 1947). No amaba el cine de Hitchcock, y de su etapa norteamericana sólo rescataba a "La sombra de una duda" ("Shadow of a doubt", 1943) que es, en efecto, uno de los grandes trabajos del director inglés, aunque quizás lo hiciera porque Joseph Cotten fue su impar protagonista. Y Cotten fue uno de los pocos amigos que Welles "conservó" a lo largo de su vida.
Son tan escasos los que quedan bien parados en estas conversaciones del director de "El Ciudadano", tan escasos… John Ford es uno de ellos, Jean Renoir otro, Carol Reed el tercero, pero no muchos más. No Woody Allen ni tampoco Spencer Tracy (a quienes no les reconoce el menor valor), ni Bette Davis, ni Josef von Sternberg, el director de "El ángel azul"("Der Blauer Engel", 1930) , menos aún Lawrence Olivier y hasta llega a desmerecer a "Iván el Terrible" (considerada una de las obras cumbres del ruso Sergei Eisenstein, 1945).
No obstante, las conversaciones reflejan otro costado de Welles: sus ansias creativas, sus incesantes lecturas, sus reflexiones sobre cine, teatro (es magnífico cuanto dice sobre Shakespeare), literatura, arte, vida, en suma. Jaglom lo alentaba, porque Orson tenía problemas económicos –a veces para mantenerse en el día a día- y por supuesto, dados sus antecedentes que llegaban a ser autodestructivos, le resultaba imposible conseguir quienes financiaran sus proyectos. Biskind lo dice con crudeza: "Welles era el hombre que en principio hacía demasiado para terminar haciendo demasiado poco". Él mismo contribuyó a dicha imagen, aunque tuvo enemigos a lo largo de su vida que impiadosamente contribuyeron a agrandar la leyenda. Pauline Kael, feroz crítica de cine, contribuyó mucho a  que así ocurriera, cuando afirmó (entre tantas afirmaciones incorrectas) que Welles era a medias el creador de "El Ciudadano" y que Herman J. Mankiewicz (guionista) fue un personal central en la gestación de dicha película.
Actitudes personales incorrectas, sumadas a las leyendas que lo rodeaban, dieron como resultado que Welles fuera muy famoso, reclamado como actor y al mismo tiempo condicionado al máximo cuando intentaba volver a dirigir. En esos años, por ejemplo, estuvo siempre "a punto" de llevar a la pantalla su versión de "El rey Lear", pero nunca consiguió encontrar productores. Como tampoco los hubo para su inconclusa "Don Quijote", mientras que su último filme concluido en vida ("F for Fake", "Fraude", 1973) resultó un fracaso comercial. Welles confió demasiado en él gastando su último dinero así como sus energías (cuando ya estaba afectado por diversas enfermedades) con penosos resultados.
Jaglom buscaba productores, aunque más que nada intentaba mantener en alto la moral de su amigo. A cada rato, Jaglom le hablaba de esos proyectos y de sus conversaciones con presuntos productores, como si la próxima película de Welles estuviera próxima concretarse. Pero la verdad era otra, muy distinta que el propio amigo de Orson cuenta en un correo electrónico enviado a Biskind tres años atrás: "Yo actuaba como si todo le fuera a ir estupendamente. Necesitaba hacerlo para sentirme bien, para lograr que él se sintiera bien y, con un poco de suerte, para conseguir que algún productor o alguna combinación de productores (…) le proporcionaran el dinero que necesitaba para trabajar, para vivir. Yo me engañaba, nos engañaba a los dos, con la esperanza de engañarlos también a ellos y hacer realidad una profecía autocumplida. Le decía que había cerrado tratos, que ya sólo hacía falta para tal proyecto o para tal otro coger un avión y firmar. Y no era cierto. No me lo inventaba del todo, pero donde sólo había ilusiones, suposiciones y proyectos, yo hacía que parecieran realidades al alcance de la mano".
"Mis almuerzos…." es un libro que en determinados momentos irrita, otras alegra –Welles tenía un gran sentido del humor y sus mandobles eran tremendos y no pocas veces acertados- y también amarga, porque a qué negarlo, se trató de un creador impar, de un renovador revolucionario del cine, de un mago de la imagen, de un genio, en suma, y termina doliendo que todo ese tremendo talento no haya podido dar de sí cuanto hubiera podido. Treinta años después de su muerte y en el centenario de su muerte, es algo que seguimos lamentando.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada