domingo, 24 de enero de 2016

Profesor Atticus





Profesor Atticus


Posted: 21 Jan 2016 10:49 PM PST
He aquí el texto de la contracubierta:


Posted: 20 Jan 2016 04:36 AM PST

Un poco al modo de Celebidache, Richter, más que tocar, expone su lección; desentraña la música, en un acto próximo a la disección; la libera de todo aquello que pueda ser accesorio, la desviste de todos sus efectos; deshace el engaño de la escenografía y la expone ante los oyentes en carne y hueso, en su más desnuda belleza, en su más depurada naturalidad.

La crónica a la que pertenece el extracto anterior la firmaba Álvaro Marías en el nonagésimo primer número de "Cuenta y Razon" (1995). Llegué a ella gracias al compositor Miguel Bustamante, que la compartió en las redes sociales, y describe el concierto que ofreció Sviatoslav Richter en Madrid en 1995, al que tuvo, decía Miguel, la fortuna de asistir (¡y tanto!). En palabras de Bustamante, su interpretación fue "impactante", pero "no por lo espectacular" sino por su "intimismo" y su "profundidad".

No puedo evitar encontrar en este relato motivos para acordarme de los pensadores del mainstream educativo y entonar el lamento pedagógico, pero también argumentos para seguir defendiendo mis convicciones con mayor énfasis todavía.

Cuentan que cuando preguntaron a Miguel Ángel Buonarroti cómo había logrado tal perfección en su David a partir de un único bloque de mármol, este respondió que David "estaba dentro de ese bloque" y que él no hizo más que "quitar lo que sobraba". Cada vez estoy más convencido de que para enseñar, como para interpretar música, escribir un libro o preparar un buen guiso, no hacen falta artificios sino más bien lo contrario,  se ha de hacer lo posible por evitar lo que no es esencial, por enfocar bien, por escoger con acierto. La evolución de un maestro, de un gran intérprete, de un gran escritor o de un gran cocinero debería ir, pienso, en este sentido de buscar más con menos ("menos es más", afirmó van der Rohe). Claro que para ello debe haber detrás una gran formación, un profundo conocimiento que permita discernir lo primordial de lo secundario (de igual manera que una persona culta puede encontrar en internet lo que un ignorante no podría hallar por mucho que invirtiera tiempo y esfuerzo), una experiencia profesional y vital, una madurez que posibilite que las elecciones serán, si no correctas, al menos no arbitrarias. Esa naturalidad de la que hablaba Marías en su narración solo se logra cuando uno no se deja engañar por los efectos especiales de las nuevas tecnologías, cuando estas se utilizan para facilitar el acceso a la belleza pero nunca para pretender sustituirla. Ningún iPAd, ninguna tableta, ninguna aplicación puede superar la belleza de la realidad. Lo ha sabido explicar con lucidez Catherine L' Ecuyer en su libro "Educar en la realidad" (en el que recuerda una viñeta del humorista gráfico Faro: un padre sube una montaña con sus dos hijos. Les dice: «mirad hijos míos, qué puesta de sol tan bonita», a lo que sus hijos responden: «papá, ¿dos horas caminando para ver un fondo de pantalla?»). De igual manera, ninguna máquina, ninguna herramienta, ninguna metodología activa, proactiva o reactiva, puede reemplazar al maestro, al que atesora conocimientos, al que se entusiasma con su materia, al que se compromete en la transmisión de estos conocimientos y aspira a inspirar el mismo entusiasmo en sus alumnos. No hay estrategia didáctica infalible sino docentes más o menos capaces, más o menos entusiastas, más o menos eficaces. Y no creo que sean los más aparatosos, lo más populares o los más modernos, sino aquellos que, por medio de la reflexión y la experiencia, van quitando, como Miguel Ángel, lo que sobra; van asumiendo, como van der Rohe, que muchas veces menos es más; van, como Richter, diseccionando los contenidos, no para edulcorarlos, facilitarlos ("mi trabajo no es hacérselo fácil a la gente. Mi trabajo es hacerlos mejores", dijo Steve Jobs) y administrarlos mediante el engaño de la escenografía o la tecnología, sino para exponerlos en su más desnuda belleza, en su más depurada naturalidad.


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