domingo, 5 de junio de 2016

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Carta abierta por el tratamiento periodístico del fallecimiento de su suegra en un incendio

by Iniciativa Debate

Se llamaba Conchi y era mi suegra

Rosa Muñoz Bermúdez | 03/06/2016

Tal vez para ti su nombre no signifique nada, puede que nunca la vieras o que te pasara desapercibida. Lo más seguro incluso es que estas letras te resulten indiferentes.

Pero si te digo que falleció hace dos días en el incendio de calle Héroe Sostoa 82, igual se te active el interés. ¡Qué sociedad esta en la que nos movemos tanto por el morbo y tan poco por la solidaridad!

Sí, se llamaba Conchi y era mi suegra. Y no, no era una anciana sola que estaba descuidada como algún medio y algún vecino deseoso de un minutito de gloria han dado a entender.

Era una persona con una historia detrás, historia que solo algunos de vosotros conocéis y que yo no voy a contar. Porque ante un caso tan brutal como este, en el que una persona muere atrapada en un incendio, una lee cosas que le hacen perder la fe en la dignidad del ser humano. Porque realmente su historia ha importado muy poco; era mucho más importante sacar la foto, grabar el vídeo, quizás tomar el "selfie", y rebuscar en la suciedad de unas mentes para dejar constancia de lo miserables que podemos llegar a ser.

Se llamaba Conchi y era mi suegra. Desde chiquita tuvo una vida dura, muy dura, pero el destino supo compensarla con el mejor de los regalos que nadie pudo hacerle: un hijo extraordinario.

Se llamaba Conchi, sí, aunque ninguno de sus vecinos, tras siete años viviendo en el edificio lo supiera. Hubiera bastado con mirar el buzón, o incluso con decirle: "Buenos días, vecina, ¿cómo se llama usted? Para lo que necesite, aquí me tiene." Pero mola más decir en el periódico: "Era una mujer mayor que vivía sola y ni siquiera sabíamos su nombre". Conchi: C-O-N-C-H-I.

Una vida de trabajo, de amor por los suyos y de lucha por salir adelante en un mundo que nunca se lo puso fácil. Una mujer guapa, muy educada y con unas manos preciosas.

La soledad nunca le hizo mella; al revés, la buscaba con ahínco. Necesitaba su independencia. Pero nunca estuvo sola; ni un solo día de su vida ha dejado de estar atendida por su hijo, o por mí, o por otros familiares. Jamás ha tenido un momento de necesidad que no se le atendiera. Nunca desde que su hijo y yo compartimos la vida ella ha pasado sola unas Navidades. Jamás le ha faltado su regalo de cumpleaños o de Reyes. Mantenía una vida social escueta pero selecta. A su lado, además de a su hijo y a su nuera, tenía a toda mi familia, y tenía a sus sobrinos, a los que quería como a hijos y con los que seguía compartiendo comidas, risas y confidencias. No pasaba una semana sin que su sobrina fuera a visitarla para hacerle reiki y una vez al mes iban juntas a comer, y al traslado del Cautivo año tras año. Y tenía a dos amigos con los que salía cada día a pasear y una amiga de la infancia que le mandaba cartas casi cada mes. No. No vagaba sola por el parque de Huelin; ella misma se obligaba a salir a pasear, aun con esfuerzo, para no apoltronarse.

Llegar a la vejez con una pensión exigua, sin haber podido comprar una vivienda propia, obligada a pagar un alquiler por encima de tus posibilidades y que solo gracias a tu hijo puedes afrontar y tratar de mantener para tu vida y para la de los demás la libertad por la que siempre luchaste no es fácil.

El ritmo de vida de hoy día, que obliga a los dos miembros de una pareja a trabajar (sin mencionar nuestros irracionales horarios), nos hace imposible conciliar la vida laboral con la familiar. Es fácil señalar para levantar una sospecha de posible abandono de un anciano. Pero el hecho de que las dos únicas personas que podían atenderla al cien por cien se pasan el día en sus respectivos trabajos nadie lo ve. Y si has pensado que trabajamos afanosamente para gastar nuestros sueldazos (ironía en modo "on") en darnos la gran vida, me parece que andas un poquito fuera de la realidad.

Pero, bueno, ahí están los servicios sociales para echarles una mano a los ciudadanos que lo necesitan. La famosa Ley de Dependencia. Oh, sí. Tras siete años con la sensación de estar mendigando una ayuda, al final te la conceden: una "generosa" rebaja mensual de 6 euros en el servicio de teleasistencia. Genial. Es que esta es toda la ayuda que hay para una persona con el grado de dependencia de ella…

Mientras, está su hijo para ayudarla en su aseo diario, para mantener su casa limpia, para controlar su medicación, para hacerle la compra y la comida… Su hijo, que se pasa diez horas en el trabajo, o su nuera, que más de lo mismo. Pero su hijo la quiere y la respeta, como ella le enseñó. Y con su mejor disposición y con un amor infinito, no deja ni un día de acudir a cumplir con la que es su responsabilidad desde que era un niño: su madre. Una madre que le hizo convertirse en la gran persona que hoy es y cuya principal preocupación, como ella misma me decía, era inculcarle el respeto por las personas mayores. ¡Y bien que lo hizo!

Y entretanto, está el vecino cotilla, la vecina criticona… Gente que no sabe ni le interesa y que aprovecha un momento como este para hacer su aparición estelar en los medios para verter sus inmundicias, para difundir fotos del fuego, para vender a la prensa vídeos del incendio, para elaborar teorías estúpidas sobre el asunto. Quizás en un intento "bienintencionado" de dejar claro a su hijo y al resto de su familia cómo murió Conchi, mi suegra, porque tenemos que estar bien informados, claro. Pero sin importarles un bledo el daño que causan.

Conchi era mi suegra y yo la quería. Nunca hubiese esperado para ella un final como este. No te pido que la quieras, pero sí que la respetes. Y que nos respetes a nosotros, que no hurgamos en tus heridas.

Conchi, el lunes próximo hubieras cumplido 74 años. Hubieses comido con tu niño, como cada día, y acabado con un merengue de postre. Y hubieses abierto tu regalo. Y luego hubieses invitado a café a tus amigos Felipe y María. Pero ya no lo harás. Y tampoco volverás a llamarme para que le recuerde a Ignacio que te tiene que comprar pan Bimbo y kiwis o pedirme que te pinte las uñas.

Conchi, te echaremos de menos, pero sé que ahora eres libre, como siempre quisiste ser. Yo cuidaré de tu peque, la mejor herencia que pudiste dejarme.

Nos quedó una merienda pendiente. Se llamaba Conchi y era feliz.


Si has llegado hasta aquí leyendo, me gustaría que compartieras públicamente esta historia. Siempre he sido muy celosa de mi vida privada, pero hoy tengo que hablar en público para darle a mi suegra el respeto que no se le ha dado en la prensa y en las redes sociales estos días.

Y aprovecho para agradecer desde aquí el extraordinario trato que nos han brindado tanto Policía, como Bomberos, como los servicios sanitarios, funerarios y de teleasistencia. Y, por supuesto, a nuestros familiares y amigos, que mejores no se pueden tener. Gracias por estar ahí y por hacernos este trance mucho más llevadero.

Iniciativa Debate | junio 4, 2016 a las 8:45 pm | Etiquetas: carta abierta, Conchi, incendio, Medios, Nuera, Periodismo, Sociedad | Categorías: Medios | URL: http://wp.me/p7g2LR-k6F

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