domingo, 5 de junio de 2016

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Réquiem por las humanidades

by Medios CC/CL

Jesús Taboada | 28/04/2016

En el actual adacadabra de pactos postelectorales, la política institucional ha dejado en evidencia sus limitaciones y sus insuficiencias.

La famélica democracia española, dando la espalda a la ciudadanía como sujeto activo de su propio destino, basó sus principios constitucionales en el turbio juego político, que no es sino el negocio político de los que nunca han dejado de entender lo público sino como cortijo en propiedad; un oscuro negocio que, lejos de buscar el bien común, desde la varita mágica del prestidigitador de turno, persigue la perpetuación de una situación de desigualdad y de perversión moral históricas; un perverso juego de poltronas, al que la inmensa mayoría asistimos como comparsa decorativa.     Votamos, cuanto toca, cuando nos lo permiten, como hinchas viscerales. Como devotos irreconciliables del Real Madrid o del Barcelona CF. Como jurado pasional y veleidoso de un concurso amañado a mayor gloria del propio espectáculo, en el que no parece que nos jugásemos la vida sino la honra, esa perversa virtud tan castiza.

     Una exquisita élite de expertos de la nada, de catedráticos omniscientes y de tahúres de cuello blanco imponen su macabro despotismo, haciéndonoslo tragar a cucharaditas, o en preciosas grajeas envueltas en los satinados celofanes de unos medios de comunicación venales cuando menos, cómplices necesarios. La inteligencia colectiva, sin excepción, es expulsada a los arrabales de lo estrafalario o de lo peligroso, brutalmente acosada por las jaurías mercenarias y por las confusas melopeas de los titulares de prensa, rabiosos titulares con los que entretener, despistar e hipnotizar a la gran masa acrítica.

     Aquellos que se autoproclamaron pastores únicos de la ilusión, también ellos se han erigido en depositarios absolutos, cuando no absolutistas, de la verdad, negando a su entusiasta rebaño otra voz que el balido aclamatorio, aplastando mediante el escarnio, el sectarismo y el ostracismo toda voz disidente; y ello en aras de un supuesto beneficio táctico.

     Han abandonado como inútil fardo la urgencia de hacer de la masa votante, mediante las luces y las sombras de la razón, una colectividad de auténticos ciudadanos, de personas comprometidas con la solidaridad pública y el bien común, en beneficio de una maquiavélica estrategia política para asaltar los cielos, posponiendo sine die aquel cacareado empoderamiento en que el individuo dejaría de ser un ente aislado en su mismidad para hacerse miembro activo de la colectividad que habita y conforma.

     Decía Pericles, por boca del historiador Tucídides, que, en la antigua democracia ateniense, al que no parcitipaba de los asuntos de la ciudad, de lo público (no otra cosa significa la palabra "política"), no se le consideraba un hombre pacífico, sino inútil. En su supersónico asalto a los cielos, los paladines de la regeneración democrática nos dejaron aquí, a ras del suelo, masa atónita que no podemos sino mirar con desconsuelo y escepticismo la impotente soledad de unos héroes aupados por feroz hinchada, refrenados en su particular batalla por la charanga electoralista.

     Olvidaron que la única manera de llegar al qué es a través del cómo. Su energía arrolladora ha quedado, hoy por hoy, atrapada en la tenebrosa telaraña del juego político institucional.

     A día de hoy nos vemos ante la más que probable eventualidad de una nueva convocatoria electoral, como herramienta para dar una salida al actual estancamiento en el desentendimiento, los personalismos y las rivalidades. Asistimos impotentes con los brazos cruzados al callejón sin salida de ese espectáculo de poses y muecas de los protagonistas de este esperpéntico guiñol, en el que incluso se persigue con saña brutal la libre expresión de unos titiriteros.

     Entre tanto, contradiciendo las rimbombantes declaraciones de recuperación económica jaleadas por el gobierno interino, las ejecuciones de desahucio siguen expulsando a la gente de sus casas con inclemente brutalidad, los centros públicos de enseñanza continúan asfixiándose en la precariedad y el nepotismo, el sistema sanitario público va siendo mermado cada día más en recursos y en prestaciones, el pequeño comercio sigue cerrando establecimientos en catastrófico alud, el constante aumento del paro aplasta a una cuarta parte de la población, expulsa a muchos a la miserable aventura del exilio y la supervivencia, condena a gran parte de la población activa a la incertidumbre laboral y a aceptar como un regalo del cielo condiciones que la acercan a la esclavitud, con sueldos que apenas dan para una precaria subsistencia, en tanto el 1 % que acapara la riqueza nacional sigue aumentando sus beneficios año tras año, la tasa de suicidios no deja de crecer, hacemos gala de la más repugnante hipocresía e insolidaridad al desentendernos y alejar de nosotros como a un apestado al que, huyendo de las bombas o de la miseria, nos solicita el don sagrado de la hospitalidad.
No se me ocurre descripción más precisa del momento actual que aquel título feliz de una de las obras más clarividentes de Sánchez Ferlosio:Vendrán más años malos y nos harán más ciegos.

Auriga de Delfos (Museo de Delfos).

La única salida factible a esta escenificación democrática vendría de la mano de una auténtica educación general que nos limpiara de prejuicios y lugares comunes, que nos dotara de una mirada crítica y ponderada, que nos pertrechara de herramientas adecuadas para aprender a mirarnos a la cara a nosotros mismos y a mirar al otro en nosotros. Una educación que no sería sólo una escuela, sino un modo de vida.

Pero, bien sea por la urgencia del presente (como si todo presente no fuera urgencia, no fuera el instante fugaz entre el fardo del ayer y la incertidumbre o la incapacidad de un mañana), bien por  el particular interés en mantener la situación dada, la educación en España ha sido históricamente más o menos sometida al negocio de la política, a la férula inquisitorial de los dogmas clericales y patrioteros, al control de esas élites de expertos perpetuadores del dominio de unos pocos sobre la mayoría, como cantera de peones dóciles y agradecidos, cantera en la que el educador es concebido como simple capataz del gran amo.

La última agresión contra la agónica educación pública española, en ese secular afán controlador de sus sucesivos gobiernos, tiene el rimbombante título de Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE).

Cómo le gusta al poder la vacuidad de la grandilocuencia.

Una ley concebida por mercaderes para el propio beneficio del sacrosanto mercado. Una ley que nos hace retroceder de golpe a los años más oscuros y represivos de nuestra historia contemporánea. Una ley clasista, discriminatoria y antipedagógica. Una ley que, desde su concepción y durante su tramitación de urgencia, fue repudiada por todos los partidos políticos restantes, quienes se comprometieron solemnemente a derogarla en cuanto estuviera en sus manos.

El No a la LOMCE hinchó su buche de pavo real en mítines y declaraciones públicas por toda nuestra geografía durante toda la campaña electoral. No eran saludos al sol. Era una certeza. Esta ley la vamos a parar. Sin embargo, pasadas las elecciones, las promesas, que son aire, se las lleva el viento, y acá que viene Pedro con las rebajas. En las negociaciones para un posible pacto de gobierno, la tan cacareada derogación inmediata queda reducida a la mera paralización de su implantación; o sea, dejamos las cosas como están, y a ver qué pasa.

Lo que pasa ya lo sabemos. No encuentro mejor formulación que aquel refrán griego: nada más estable que lo provisional.

Ruinas del templo de Apolo (Delfos).

No obstante, no es mi intención aquí el análisis de la LOMCE, sino resaltar uno de sus aspectos más deplorables.
De acuerdo con el concepto mercantilista que la inspira, las humanidades en ella quedan relegadas a la mera subsistencia, como residuos inútiles para el mercado laboral. Asignaturas como la filosofía, el latín, el griego, la música, las enseñanzas artísticas, la literatura, se ven postergadas, arrojadas como esclavos gladiadores a matarse entre sí por la mera subsistencia para diversión de los palcos patricios, vilipendiadas casi en un plan de estudios concebido como criba empresarial.
¿Para qué sirven en el mundo actual, tecnificado y fútil, alguien como Spinoza, Lucrecio, Homero, Bach, Bergman, Hölderlin, Beethoven, Sartre, Leonardo, Safo, Valle Inclán o Cervantes?
Bueno, a Cervantes sí se le saca dinero. A pesar de la desidia funcionarial con que nuestros ínclitos padres de la patria casi se han desentendido de la ocasión de su mayor conocimiento y comprensión, al celebrarse el cuarto centenario de su muerte. A pesar de todo, y a pesar de lo prolijo de su prosa, Cervantes sigue siendo rentable. Al menos, sus huesos. Aunque pocos lo lean y menos aún aprendan de la grandeza y del realismo de su locura utópica.

Este desprecio hacia las humanidades no es novedad. Todas las reformas educativas, sin excepción, han ido ahondando la brecha entre el conocimiento humanista y el científico, divorciándolos, enfrentándolos en lucha desigual, condenando a las humanidades a una inanidad cada vez más famélica.

Las mentalidades conservadoras han pervertido históricamente el sentido de las humanidades, transformándolas en una férula domesticadora, en un florilegio ideológico sin contexto, reduciéndolas a mero ejercicio memorístico, lo más alejado del espacio de debate que siempre debieron ser.

Las mentalidades más progresistas, encegecidas por la fe en la técnica y en el progreso, mayormente el progreso material, son expertas en menospreciar las humanidades, confundiendo el pensamiento clásico con el clasicismo, el humanismo con la retórica, supeditando la palabra a la ecuación.

Y así nos vemos, en un erial, tan parecido al de aquel famoso poema de Kavafis, que parece que el viejo poeta de Alejandría hablara de nosotros y de nuestro ahora. Nos hemos reunido todos en el desierto, con nuestras mejores galas, para recibir a los bárbaros. En el fondo, esperamos de ellos una posible salvación. Pero los bárbaros no llegan. En medio de esta tristeza cariacontecida, puede que acaso los bárbaros estén ya entre nosotros, sean nuestro viejo mundo,

Estela funeraria (Museo de Atenas).

 Puede que tengan razón quienes así piensan y las humanidades sean realmente un lastre en este feroz mercado global que habitamos.
Puede que, en mi amor por esas personas que a lo largo de los siglos hicieron del pensamiento libre la razón última de su humanidad, sea yo el equivocado, y realmente no puedan aportarnos ya nada a los virtuales habitantes del siglo XXI. El amor es ciego, todos lo sabemos, y puede equivocarse. ¿Por qué no?
Mi frente tiene ya arrugas. Mis pelos blanquean desde hace años. Pero sigo sin tener certezas. Las dudas me acechan en cualquier formulación. Mi ojo no se adapta al resplandor de las verdades absolutas. Mi pie resbala en todo aquello que se proclama auténtico, científicamente comprobado. Sólo confío ciegamente en mi ignorancia, por ella sí pondría la mano en el fuego, y en mi repugnancia a la infalibilidad de cualquier adalid de la verdad única.

Sí, puede que ellos tengan razón y las humanidades sean poco útiles, nada rentables, ni económica ni pedagógicamente, un lujo prescindible.
Sin embargo, pienso en lo que habría sido mi vida si no hubiera encontrado apoyo en el universo inútil de las humanidades y un escalofrío me recorre el espinazo.

Hermes de Praxíteles (Museo de Olimpia)

Qué habría sido mi vida si Epicuro no me hubiera limpiado del miedo, enseñándome a aceptar el mecanismo de la vida en la complementariedad de la muerte; si no me hubiera enseñado a disfrutar los dones de la vida sin ambicionar la esclavitud de las cosas prescindibles, sin angustiarme en la impotencia ante lo que sobrepasa mi propia naturaleza; si no me hubiera enseñado el don más preciado de todos, la amistad, que no es desinteresada, es recíproca.

Qué habría sido mi vida si Mozart no me hubiera enseñado a sonreír en medio de la tristeza y a no olvidar, en medio de la alegría, no sólo las lágrimas propias, sino también las ajenas; si no me hubiera enseñado a escuchar, en la sencillez de los acordes, la armonía del mundo, y que el mundo también es disonancia.

Qué habría sido mi vida si Cernuda no me hubiera enseñado a custodiar la dignidad de lo auténtico en medio del esperpento y de las miserias de la vida y de la historia; si no me hubiera despojado de romanticismos de baratillo para mostrarme la sublime divinidad de lo caduco, y que la única libertad auténtica es la de estar preso en otro, otro cuyo nombre es imposible oír sin escalofrío.
Si Juan de la Cruz no hubiera domeñado las palabras de la plaza para despojarlas de la mugre de su uso y así dar voz a esa chispa cósmica, latente en todo ser vivo, que transforma al amado en la amada y a la amada en el amado, con un balbuceo verbal que remite a la energía originaria del ser, voluntad de ser que todavía no tiene programa ni diccionarios.
Si ambos poetas no me hubieran enseñado que el amor, el amor de verdad, no aquel con el que nos aclimatamos a romanceros y películas, es una inmersión sin paracaídas en las más profundas dimensiones del propio ser, que necesita al otro como referente, pero nunca como objeto, y menos aún como instrumento, si no quiero desgastar esa pulsión de vida en la arenisca de la rutina.

Qué habría sido mi vida si Goya y el Greco no me hubieran enseñado a mirar la realidad sin los convencionalismos deformantes de la mímesis realista.

Qué habría sido mi vida si Johann  Sebastian Bach no me hubiera enseñado a templar el fuego de mi pasión en la medida de la razón intrínseca, propia, mostrándome en sus pentagramas la lógica de la emoción, la razón trascendida en emoción, sin dogmatismos ni efectismos alienantes.

Qué habría sido mi vida si Prokofiev no me hubiera mostrado que, incluso en un siglo tan brutal y materialista como el pasado, marcado por los totalitarismos y los genocidios más atroces, es posible rescatar la hermosura de lo clásico, la alegría vitalista de lo clásico, cuando lo clásico brota de una autenticidad sin escuela.
Si, casi al mismo tiempo, el compositor romántico que, llevando la lógica romántica hasta sus últimas consecuencias, desbarató el discurso ya apergaminado del romanticismo, abriendo así la música a la contemporaneidad, Gustav Mahler, no me hubiera dado esa lección de grandeza, no con la grandeza de su obra, sino al confesar, desde las alturas del reconocimiento público, que acaso el joven Schoenberg tuviera razón sobre él, ya que el tiempo es futuro y el futuro siempre pertenece a los que vienen después.

Qué habría sido mi vida si Sófocles no me hubiera planteado que, en las luchas de poder, que son el motor de cualquier sociedad, el conflicto entre la realidad del individuo y la realidad de la comunidad nunca va a resolverse con discursos oficiales ni edictos autoritarios, sino con una infatigable búsqueda de la verdad última, por recóndita y molesta que ésta sea.

Qué habría sido mi vida si Visconti no me hubiera enseñado que, detrás de los panegíricos y de las letrinas de todo régimen, detrás de los salones donde la apolillada aristocracia invita a bailar a la burguesía advenediza, son personas quienes hacen la historia, hombres y mujeres con nuestras miserias y nuestros anhelos; que no son dioses, cuando caen comprobamos que no son dioses, son hombres y mujeres de carne y espíritu herido; que en la fruta podrida también palpita  un corazón.

Qué habría sido mi vida si Camus no me hubiera enseñado que, en la azarosa e intrascendente existencia material, abocados como estamos al continuo deterioro y a la extinción definitiva, lo único que puede rescatarme de la desesperación existencial es no dejarme aplastar por el trampantojo de las convenciones, de los dogmas oficiales, no dejarme infestar por la peste de la indiferencia, sino comprender y sostener lo específicamente humano del otro desde mi propia humanidad.
Si Heráclito no me hubiera enseñado que la esencia del tiempo es destruir las obras del hombre, empezando por la obra del propio filósofo, con esa imagen descarnada y brutal de un pie pisando al descuido las construcciones de arena que un niño hace a orillas del mar.
Si Virginia Woolf no me hubiera enseñado a escuchar la música callada e inefable en la incesante erosión del oleaje sobre nuestras vidas.
Si Proust no me hubiera enseñado que el tiempo, que siempre es tiempo perdido, vida desgastada en el desconcierto y en la ansiedad del deseo, existencia incompleta, amalgamada, puede, sin embargo, ser tiempo rescatado en la conciencia sensible de nuestro propio ser, no como un concepto definitivo, sino como un devenir azaroso y complejo.

Qué habría sido mi vida si el viejo Sócrates, el ciudadano Sócrates no me hubiera enseñado que toda verdad es arbitrariedad sancionada por la pereza social, y la única verdad es nuestra extrema ignorancia sobre nosotros mismos y sobre nuestro entorno; y, a pesar de todo, la absoluta necesidad de imprimir a fuego en nuestros corazones la máxima délfica: Conócete a ti mismo.

Vista del Partenón desde la colina de Filopapo (Atenas).

Qué pobre, qué falta de recursos, qué inconsistente, qué manipulable habría sido mi vida sin todos ellos. Mucho más de lo que ya lo es.

Da escalofrío sólo pensarlo. El escalofrío del sepulcro.

Medios CC/CL | junio 4, 2016 a las 10:48 pm | Etiquetas: Cultura, Filosofía, humanidades, LOMCE, Política, Sociedad | Categorías: Cultura | URL: http://wp.me/p7g2LR-k6S

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